HETAIRAS
Como estrellas de un cielo inalcanzable,
marginadas del sueño de la vida,
desastradas, insomnes, ojerosas.
pasan las noches y pasan los años,
trabajando, como ellas afirman
-qué sutil es a veces el lenguaje-,
en los jardines, cerca de los muelles,
donde el mar se convierte en su cómplice
y guarda un silencio inquietante,
como si amara el anonimato,
de pie sobre la acera solitaria
o apoyando el cansancio en las esquinas,
bajo la sombra de los grandes árboles,
huyendo de la luz de las farolas,
escondiéndose de la policía,
que es tolerante con lo intolerable
o prefiere hacer la vista gorda
y huir de los infiernos cotidianos.
Allí soportan los inviernos húmedos,
la cadencia insomne de la lluvia,
el monótono paso de las horas,
el sopor de las noches de verano,
el hastío de un fingido hedonismo,
insinuándose a todo el que pasa,
hablando idiomas que nadie comprende,
manchadas de carmín y de intemperie,
sucias de soledad y de abandono,
y poniendo precio a la lujuria
y al placer enfermizo que emana
de la evidente ruina de sus cuerpos
apuntalados por el desamor.
Algunas, enganchadas al caballo
o a los grilletes de la cocaína,
en manos de camellos y mafiosos,
bajan el caché ostensiblemente
y
hacen lo que les pidan los clientes
a un precio humillante e irrisorio,
las hay que tienen hijos y que sufren
con más intensidad la dura crisis
de estos tiempos de oprobiosa miseria,
o que, llegadas de terceros mundos,
no tienen ni dónde caerse muertas,
y las más dependientes o más débiles
mantienen a vulgares gigolós,
a proxenetas, chulos o macarras,
que al llegar a casa, como premio,
después de recoger lo recaudado,
las maltratan para que no se olviden
de quién manda y trabajen a destajo:
más que mujeres, son simples objetos,
máquinas para hacer el amor,
seres que viven en el desamparo
infernal del aciago consumismo.
Todas las noches, a la misma hora,
en el mismo lugar de la ciudad,
merodeando como sombras muertas,
malvenden su cuerpo por unos euros,
todas son, ignorándolo, esclavas
en tiempos de esclavitud abolida,
según reza la ley que no se cumple,
todas son, igual que siempre ha sido,
aunque algunos defiendan lo contrario
o traten de ocultar la evidencia,
mujeres de la vida, meretrices,
hetairas, o rameras, o vestales,
o dicho sin ningún eufemismo,
putas, que ejercen con resignación,
ante la indiferencia de la gente
o la indolencia de la autoridad,
en una sociedad que presume
de haber llegado al siglo XXI
y ser más avanzada que ninguna,
ese oficio que todos conocemos
como el oficio más viejo del mundo.
Antonio Casares (Santander, 20 de marzo de 2012)




